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miércoles, 25 de enero de 2012

Esa música de corazón valiente.


Después de dejarte fui a los Viveros.
En medio de un jardín de árboles altos, comencé a escuchar las gaitas, sola.
La vegetación me impedía ver a los músicos  que se sentían tan cerca,  
que la música  parecía salir del bosque o de mí.  
La ciudad abraza a su chica.
(Y haremos el amor mientras tu creces).

Aguamala o medusa
Celtíbero lamento es consuelo citadino
Clic into the music.

lunes, 26 de septiembre de 2011

La Chica y la Ciudad.

Ella es la Ciudad. Ella es el monstruo.

Esta ciudad,
hidra multifásica
de vocación lacustre,
de impronta telúrica.

Esta ciudad,
crece y se repite,
como todos nosotros,
hijos y fantasmas:
México vuelve. Emerge.

Terribles tambores
bajo las rocas,
en las miradas
subeterráneas.
Este es el centro.
Aquí se gestan
las revoluciones arquetípicas.
Ciudad Dante, Cuidad Virgilio.
Ciudad loca. Ciudad Maga.

Beatriz perfilada,
en tu luz ámbar,
de mandala exótico.
Ciudad como diáfana sospecha
de estos dioses contundentes,
descarnados y tullidos.

Volver desde Europa y sus sepulcros,
de la Europa mito, de la Europa muerte,
soledad de mundo primero,
concurrida farsa de Barcino:
No. Sus muros no son más sabios
que los de este valle
que es pozo de brujos.

El caos de la urbe
es el caos en mi pecho.
Mi propia vuelta me aterra:
Se es con la ciudad y esta ciudad es infinita.
Somos así: Vértigo de límite escindido.

Después de los héroes perdidos,
de las horas rotas 
de la mujer rota:
necesito volver.

Tengo que ser engullida
por el monstruo de aceras tuertas,pertenecerle,
Ciudad de México.
Prueba al temple de mis venas,
de mis pasos llenos.

A imagen y semejanza,
sigo el afán poético
de nuestros padres desnaturalizados:
Cronos tibio y cotidiano, 
Coatlicue impaciente, moderna.

 


I. Metro.

Escaleras
eléctricas
paralisadas,
tennis rosas
de darklolita.

II.

Paz y Orozco
guardan nuestro carísimo secreto:
beso
nocturno
en San Ildefonso.

                              

Medium.

Me preocupa que el mesaje de equinoccio
sea siempre el mismo:

Que te acercas y que está mal.

Septiembre es un niño cruel
que pasa con la lluvia haciéndose el tonto.

Septiembre deja su bomba de verdad inclemente
en el centro del valle.

Y tú que vienes con los palacios viejos
que tratamos como héroes
porque nos hacen justicia estética.
Que vienes con el cine. El cine.
Que vienes con las aceras mojadas
que llenan nuestros pasos
de criaturas de ciudad grande y agitada.

Mi labios de manzana partida
se agrietan con el viento que pasa,
anunciándote.

Septiembre es el insólito mensajero 
de un deseo incauto:

Te acercas,
pero no llegarás.

                  

Tales from his bed II.

Pedacitos de mi boca
en cada equina
del fin de semana.

Jalapa y Obregón.

Ésta boca es tuya.

                 


Tuétano.

Amor sin tiempo,
inoportuno.
Hilo gélido entre cada sístole.

Tienes esta sesación de tren perdido.
Pulsar. Vaivén.
Tregua silente de un anehelo que insiste:

Soy el signo de flores
en la piedra de sol
que llevas en la espalda.

Soy la carne bajo el pedernal de tu carne.
Magma. Certeza.

No te quiero en la vida,
sentado a la mesa,
al volante del auto.

No te quiero en la vida cruda y simple.
En la vida infame.

Nuestra sustancia se parece al barro primigenio
y tiene el nombre de una espera mítica y estéril:

Ulises. Soplo de nostalgia marina.

El tejido que deshago por las noches es el propio.
¡Oh, Penelope indispuesta!
Carne. Fuego.
Ulises moderno.
Ulises perpetuo.

Deseo puro. Materia prima.

Último habitante en la oquedad del hueso,
tuétano.



                       Aguamala o medusa. 


Obviamente todos los nombres fueron cambiados para salvaguardar la integridad emocional de los personajes. Este texto queda tan sólo como testimonio poético de lo que no se debe hacer en un anecdotario fantástico. Gracias por leer morros. Sí, más o menos así: ¡Click aquí!

martes, 19 de julio de 2011

Historia de una fuente catalana.


Primera historia por encargo para Alí Lara 

...una de las dos Españas,
ha de helarte el corazón.

Antonio Machado.


La primera vez, llegué con un chileno medio mapuche, ex okupa de dudosas intenciones, de dudosa procedencia y de dudoso destino. Era una noche de octubre, cuando el frío comienza y los ánimos aún no están pisoteados por los largos meses de cielos grises y viento helado, antes de la familia postiza latinoamericana que Olmo y yo tuvimos a bien encontrar. Antes de que decidiéramos entristecer definitivamente y de que esa tristeza, vil y catalana, nos hiciera reventar al otro lado del océano, donde hay que tener temple y es difícil encontrar ayuda para llevar las maletas por el metro y recoger los escombros. Era una de esas noches, como las más lindas en Barcelona, en esa época del año, cuando todavía no llegan las invasiones bárbaras de guiris buscando alcohol y fiesta, mientras sinuosos ríos de cabecitas rubias, con sus fantasías sobre sexo y vacaciones, inundan de saludable capital extranjero, las calles y pasajes de la ciudad gótica. Barrio amigo y refugio de mis amigas, testigo medieval de esa crisis de chica moderna, de mi yo pobre, de mi yo migrante, de mi yo estudiante, de mi yo mujer. Cuando los días de playa se empiezan a contar, cuando las lunas de octubre nos protegen de la muerte y no hay entre las plazas y carrers, más que unas cuantas almas góticas, las que nos sentimos bien entre las gárgolas. Esos, los que tenemos la ciudad, lo tenemos todo.

Para mí, todo lo bueno de Barcelona hubiera podido estar ahí, como en un extraño sincretismo de mi historia en la ciudad: al sur de la catedral, frente a la puerta de Santa Eulalia y detrás de la esquina en donde el rey-escultura parece hacerle un favor sexual al obispo, (exactamente a espaldas de la casa del obispo). Allí, en el centro de todo y oculta tras de todo, está Sant Felip Neri, extraño rincón del universo.

Sant Felip Neri es un callejón grafiteado y un ex camposanto, es una fachada con restos de guerra, un muro raído con hoyos como historias, es una plaza, es una iglesia, es una fuente con una calavera, es el siglo XII, es un escenario, es tres vagabundos: el vagabundo de la guacamaya y la bicicleta, el Jordi, y el que me regaló esa hermosa pulsera de marca tan petulantemente robada. Saint Felip Neri es la belleza de la decadencia, una reliquia del anarquismo, espejismo de esa Barcelona que duele en un lugar que no se puede tocar, la ciudad que no pudo ser y la que no quiere ser, la ciudad que fui. 



Sant Felip Neri, de pie frente a su templo neobarroco del S. XVIII, permanece erguido como el testigo pétreo de lo que los hombres se hacen en la guerra. A la fachada, quizá fusilamiento, quizá bomba,  seguramente bombas le llueven ausencias.  La puerta contigua al templo fue un orfanato en tiempos de la guerra, esa guerra en la que todos morimos un poco, la última de la ciudad y, aventuradamente, muy aventuradamente, la última guerra de las ideas. Es un jardín de niños, jardín de niños que suena a que los niños florecieran. 

Y entonces sucede, que en Saint Felip Neri, cobijo de mujeres rotas y de vagabundos-hombres rotos y de niños que faltan, los árboles florecen y dan sombra a un jardín de infancia. Los niños de Barcelona, los de origen magrebí y los catalanes, corren, y sus madres con burka y sus madres con perforaciones, los esperan y una se pregunta por la vida y esas cosas. Sobre de qué maneras ser fértil. 

En Sant Felip Neri, también y sobre todo, como figura central pero discreta, había una fuente, a caso medieval, con una pequeña calavera de granito en la punta. Un cráneo del que la fuente brotaba, y por cuyas cuencas todo sucedía. Todos nosotros sucedimos. Tu amor y el mío. 

El mío se hizo estallar. El se tragó todo el miedo que traían mis maleficios. El siglo XX y su estela de metralla. Las pilas de la fuente que en marzo se llenaban de flores amarillas flotando sobre las aguas de su mudo conocimiento de los hombres y del mundo. Ahí se veía con ella. Ahí me sentaba a sostener la incertidumbre de mis veintitantos. 

Donde vendíamos boletos para el concierto de guitarra clásica, donde mis amigas y yo cantamos porque hay muy buena acústica. Donde conocí la historia de Jordi, donde me morí de frío y tomábamos cerveza. Ahí se veía con ella. La tomaba de la mano y le daba dos besos, se sentaban en la fuente de la calavera para hacer planes de amantes, mientras tramaban la salida por la ciudad gótica y se volvían otros dos tontos, en esta ciudad de sobrevivientes, de zombies, que piensan que refugiándose en el amor se salvarán de la peste de la soledad. Luego terminaron, y el encargado del Ayuntamiento pensó que con la calavera en la  punta de la fuente, no era posible sostener un huevo sobre el chorro, y por ello, la fuente de Sant Felip Neri, no podía participar en las fiesta de L'ou com balla, el huevo que baila, en Corpus Christi, y entonces mandó a removerla, a quitarla de la cima de lo que ahora sí parece ser una auténtica fuente catalana. El fin del testigo es el fin de la historia. 

Se que cuando él pasa por ahí siente toda esa ausencia. 




Besos infames, 
Aguamala o medusa.




Usted puede hallar la historia de Saint Felip Neri en internet, aunque antes, su buscador lo llevará a encontrarse con el anuncio del hotel de lujo que se ha instalado por ahí. Carcelona, como le dice mi amiga Nagore, es un Disneylandia para hipsters y un laberinto para ciegos.


domingo, 20 de febrero de 2011

El sueño del Rey Salomón. Esos días de ocho y medio.


Después de la intensa y conflictiva relación que mantuve con Pier Paolo Pasolini durante la universidad, no creí que me enredaría tan fácilmente con otro italiano. Tenía un apetito voraz de algo asiático y muy posmo: Ese cine de luces magenta. Pero la cinefilia como adicción es caprichosa, y si alguien saca de su cajita de drogas la mezcla adecuada, sólo puedes engancharte. Y miras. Miras hasta que tienes demasiado, que es lo que pasa con el cine y con los hombres.

Tal vez esa extraña fotografía con la escena de “Y la nave va”, que por algún misterioso motivo, colgaba de la pared de la cafetería de Filosofía y Letras, a donde tantas veces fui buscando chilaquiles y teoría psicoanalítica, me estaba dando algún tipo de señal. Tal vez, el ocaso de un amor largo y poderoso, anunciaba, como premonición, que llegarían los días de un diciembre que fue más cálido que de costumbre y que instaló en mi vida una atmósfera peculiar y citadina. Cierta estética. Cierto estado al que podría llamar novelesco o quizá, onírico, o cinematográfico, pero para usar la palabra correcta, debería de decir que esas fueron para mí, semanas fellinescas. Así, que aún en mis veintes, a finales del año en el que no vi la mar, me encontré brutalmente acribillada, flanqueada, por la precisa y escandalosa obra de Federico Fellini, todo él. Todos ellos.

El acecho psicomágico, mi necesidad, mi búsqueda, se volvió una obsesión disfrazada de dulce acompañamiento vespertino. El ciclo planeado por la Cineteca Nacional y el Instituo Italiano de Cultura, transformó mi enésima crisis en un paseo cinematográfico por mis debates y arquetipos. Pero, en fin, para eso es el cine y para eso es el arte hasta cierto punto. Lo que es extraño, lo que es sórdido, es que vida y pantalla entraron en complicidad sincrónica y, acompañada de “ellos” de casi todos ellos, comenzaron esos que he llamado, mis días de ocho y medio.

Se que mordí el anzuelo porque nombraron la muestra como Tutto Fellini y yo tenía ganas de aprehender un lenguaje, de verlo todo, de ir de cabo a rabo de una manera de ver el mundo, de gastarme una mirada completa, una pasión. Fui a Fellini con el afán de hacer complicidad, que es lo mejor del amor, de hacer un puente entre él y yo; (ÉL Y YO) y entonces comprender que era posible para mí, que no había sido una oportunidad solitaria que había perdido para siempre por no saber mantener una relación. Fui a Fellini para darme cuenta de que podía seguir participando en la construcción de lo íntimo con alguien.

Todos ellos, por supuesto, son los hombres equivocados para casi todo lo práctico en la vida, y no porque lo sean para todas las mujeres, el ajedrez imperioso de las ciurcunstancias me tiene en un lugar comprometido y no, resulta que no, que por el momento toda abdicación es imposible, que las cosas no pueden ser simples y que no se puede más que jugar duro. Ninguno es para mí aunque todos sean un poco míos.

Calladamente y de vez en cuando, espero que haya marcha atrás y la cultura me perdone. Me pregunto asustada si en verdad no habrá un hombre para mí y si eventualmente dejaré las fellinadas por los cuentos de hadas, pero de un tiempo para acá, por las heridas y los bares (y las películas), no puedo conformarme con tan burdas prioridades. Sé que parece que hablo con soberbia pero no ha sido una conclusión calculada sino consecuente de mi historia. Y justo ahí, el origen de esta coincidencia con Giudo, con Fellini: Tuve miedo de no ser capaz de una historia y me puse a buscar una, especialmente, con los implacables métodos del inconsciente, que pueden ser desesperados y  que por ser contundentes, luego dan mucha risa. La vida se me había vuelto muy escasa de inspiración y de deseos, esas cosas que no hacen mucho ruido cuando se marchan pero su ausencia es honda y paraliza.

Ocho y medio: Me tiras el tarot, bajas con una chica insípida y perfecta la escalera de la sala de cine con tu sonrisa de niño para saludarme, me miras con anhelo, te presento a Hernández, me besas por la noche, me dejas tu escenario, me dejas tu escritorio, me dejas, me muestras el infierno que sí tiene luz roja, bailas conmigo, te robo el libro que olvidaste en la cantina, me hablas duramente, andamos por la calle,  te hago el desayuno, miramos un show que me conmueve, me das regalos con culpa, vamos al cine, me lees un cuento de Bolaño, tenemos sexo tántrico, cocinas para mi, me tomas de la mano, desapareces, me buscas, me miras bailar, hacemos planes, me dices cosas horribles, vamos a ver a Von Trier, sabes que eres un machista, me escribes, me dices que me extrañas, te digo lo que pienso, hacemos el amor en la ventana, me llamas borracho, me llevas al museo, te llevo al museo, une semaine de bonté, me besas en la boca, me besas toda, discutimos, vamos por unas chelas, me hablas de Rilke, dejo mis cosas en tu cuarto, me declaras tu amor frente a todos, Nina Simone, te vas con otra, vemos el paisaje de alcohol y pólvora,  no me llamas, hacemos el amor, me quieres libre, me quieres para tí, me quieres hoy, me rechazas, fumamos, me cantas, tocas el piano para mi, quieres escribir conmigo, quieres vivir con otra, tuve el sueño del Rey Salomón y preparaban todos juntos la cena navideña, te lo cuento, Patti Smith, llego a tu casa, estás enamorado de mí, estoy enamorada, estás contento, estás celoso, hacemos el amor en la cocina, cantamos en el auto, el agua es más bella despeñándose, bebemos mezcal, vamos al jazz, vamos a ver a Fellini, tutto, tutto Fellini.

                                                                         F I N.

Cómo quisiera poner aquí lo que nos pasa, lo que hacemos, sus nombres como guía psicomágica, como mapa en mi existencia, sus psicopatologías que empatan tan eficazmente con las mías, pero ya me muestro demasiado y no podría narrar toda esa intimidad por el pudor de lo inmediato y lo reciente, toda esa posibilidad, que por eso es bella y por eso, también, un poco dolorosa. La avidez de tinta cede, pues de mi Fellini y los suyos han habido curiosas consecuencias en blanco y negro, (negro y blanco) entre otras, éste y muchísimos otros-inútiles-poemas, al que por cierto, no se cómo nombrar; así que si quisieran sugerir un nombre o les gusta el que se me ha ocurrido, tengan la bondad de comentar.

Un beso largo de Medusa.


Y la nave va.

Con cierta gracia,
te meces de un lado a otro,
de mi insolente vanidad.
Parece que quisieras
reservarme para el postre.
Pero usamos los mismos trucos, Guido.

¿Me has estudiado, colega,
o sólo te reconoces en mis gestos?
En verdad piensas que...
-¿cómo fue que lo dijiste?-
“Que no intentas nada conmigo
porque tienes la certeza
de que te engancharías
como un loco.”

O sólo tiras para comprobar que aciertas.

Quizá tengas razón y
es materia inflamable
el espacio entre nosotros.
Si se cometiera la imprudencia
de tirar el fósforo,
tú y yo, volamos,
nos volamos
y nos vamos a otro mundo,
(uno lleno de delicias)
o nos hacemos pedacitos.

El veneno sigiloso
de aquello que es certero
sólo se reconoce mediante un buen olfato.

¿Quieres echarme las cartas y
sucumbir ante la fatal idea
de un destino con Medusa?
¿O que nos volvamos, tan sólo, humocaracola?

No tenemos remedio.
La vida está llena de formas
y me gusta nombrarlas contigo.

Vamos tropezando con
los personajes sórdidos
de un circo post
mientras nos sentimos
fellinescos.

Ya me sabes, nos conocemos.
Las musas, de vez en cuando,
se encarnan en anatomías masculinas
que analizo por oficio.
No necesito un jeque blanco.
Los tengo a todos y a ninguno.
La bella indiferencia
es un buen recurso cinematográfico.
Quería ser Claudia pero soy Guido.

Somos gente de historias.
Coleccionistas.
Son las luces de variedad que nos seducen.
Y tus ojos son humo de sándalo,
mientras amaneces con otra.

Esta noche, sin tí y en tí
me siento como un fantasma.
Escribo el guión,
desde tu trinchera urbana favorita.
En otro país y en otro tiempo,
lejos del mediterráneo afán
que te llevó a mi puerta
esa extraña noche de Cabiria.

Esta nostalgia neorrealista
me confronta y se me estrella
frente al primer cuadro
de la ciudad abierta
donde amamos y vivimos.

Esta noche, soy la forma femenina de un anhelo.
Y esperando una locura, la tuya,
me leí tus libros
y me bebí el café que dejaste
irremediablemente frío.

Así es la dolce vita,
me apodero de tu ausencia
mientras sigues soñando
en ocho y medio.

Aguamala o medusa.
(Prometo que mi siguiente post será de esos chistositos).

                                                                     Tutto Aguamallica

sábado, 11 de diciembre de 2010

La Castañeda. Cita en la frontera indómita.

“Seguramente, de esa enfermedad, no me restableceré aquí, pues no tengo el propósito de hacerlo...procuraré la publicidad de semejantes atentados y me quejaré a donde encuentre justicia...”   Carta de un interno de la Castañeda a su hermano.


Tenía que ir sola y verlos a la cara. Tenía que ver sus muecas y sus ojos, sus sonrisas retorcidas, sus ojos profundos y vivos, o sus rostros huecos de vida y llenos de electroshock, institución y drogas. Tenía que ir sola y padecer, callada y dignamente, contenidamente, que es la única forma de  padecer cualquier cosa en un museo, por  lo absurdo de la sociedad y de su ciencia, por lo incomprensible del mundo, y agradecer, nada más, que hubieran existido. Que hubieran dejado para mí sus rostros de locos. La evidencia de su estancia en el mundo en la prueba estética de que cabe la posibilidad de saltar al otro lado de la existencia y con el precio más alto, que es el de la libertad, mandar a todos a la mierda. Nunca es fácil "ponerse en los zapatos del otro",  pero definitivamente es aún más difícil  tratar de comprender el testimonio de aquellos que  por una razón u otra, dejan de pertenecer: los locos.

Fue como una cita a la que llegué puntual y corriendo, como siempre, esperando encontrarme con otra persona, otro loco, con otras circusntancias, en otro tipo de encuentro, más reservado y aparte de lo que llevo dentro, pero de pronto, me encontré entre el bullicio y trajín del centro de la ciudad en un choque de miradas profundo y personal con éllos, con éllas. Con sus caras y testimonios, con  sus tristes historias, con sus vidas. Una confesión postrada y diálogo en el tiempo. Como si se hubiera previsto, como si hubieran tenido algo que decirme.

La exposición de fotografías del Hospital General de la Castañeda llamada La Castañeda imágenes de la locura 100 años después,  fue un encuentro personal con la locura y sus diferentes rostros: Su rostro político, de institución y  de discruso científico. Rostros de hombres y mujeres, de niños, rostros de mexicanos,  que representaban una locura con trenzas y bigotes, con sombreros afrancesados, con enaguas. Indispensable encuentro para cualquiera que piense en la mente y en sus abismos, en sus moustros marinos eléctricos y ciegos. La mente, materia fascinante que oscila entre lo simple y lo sagrado, entre lo poderoso y lo terriblemente frágil, es para mí  en la locura, la frontera indómita, la escalofriante posibilidad de la potencia y uno de los ejemplos más claros, temibles y contundentes de que lo humano, se constituye de abismales sutilezas. Encuentro indispensable, también,  para quien ha sentido la posibilidad de perderse mar adentro. De haberse sentido en peligro de olvidar esas dos o tres certezas, las más básicas y terrenas, que al mismo tiempo, suelen ser las más artificiales. Morbos  aparte, la exposición es excelente no sólo como una crónica fotográfica en la historia de la locura en México, sino como retrato de su escabroso alter ego, el de la salud mental.

“Soy una loca del Mancicomio General y su usted no nos tiene miedo, ni a las heroínas ni a las locas, lea lo siguiente...¿Quiénes son las vigilantes? Los mismos demonios dicen las locas...”
                                                                                                 Testimonio de una interna.

Me deja helada que los argumentos y la práctica de la ciencia médica en materia de salud mental, son prácticamente los mismos que en el porfiriato. Estamos en pañales y sospecho que no es por simple atraso y negligencia. El discurso científico hegomónico no ha cambiado de paradigmas y si es una cuestión evidente como constructo teórico, en los textos; en la práctica, lo es mucho más. Los rostros de las fotografías y las historias del manicomio, no son muy distintas a las que vi en mi formación como psicológa, hace  un par de años en las granjas que se encuentran a las afueras de la Ciudad de México. La práctica psiquiátrica en el siglo XXI tiene reticencias escalofriantes de abuso y abandono, bajo el argumento del conocimiento científico moderno de finales del XIX.

Los abusos de poder estructural y jerárquico en las instituciones totales, son como antaño argumentandos por la supuesta falta de capacidad de los internos de tomar decisiones y hacer uso de sus faclutades mentales, y se valen de métodos coercitivos de control sobre el cuerpo, como el encierro, el asinamiento, los choques eléctricos y por supuesto, los sedantes y medicamentos. Por ejemplo, el moderno argumento de la higiene como sinónimo de salud que realmente opera tan sólo como idea para el control de la población institucionalizada y no en condiciones observables de limpieza y pulcritud. La Castañeda se construyó con sofisticadas instalaciones sanitarias que por supuesto ya en la década de 1960 estaban completamente deterioradas. Solía ser frecuente el uso de baños “terapéuticos”, fríos y calientes, para curar a los enfermos, muchas veces sometiéndolos a quemaduras con agua hirviente. A pesar del argumento de la higiene máxima, las instituciones de salud mental en este país, permancen en un estado de asinamiento y deterioro, tienen ese horrible olor que relatan las crónicas periodísticas y que recuerdo claramente como un encuadre olfativo de la condición triste e insalubre de las insitutciones que conozco, en donde la enfermedad acecha, y proliferan infecciones de manera que la higiene, es sólo una forma más control disciplinar con el rape, los baños de agua helada y muy caliente, y la desinfección de los enfermos con insectisidas, entre otros extraños atropellos.

El gastado uso de la terapia ocupacional con los internos, sigue siendo la principal estrategia terapéutica en los hospitales psiquiátricos del México del siglo XXI. Este método fue sin duda, uno de los grandes avances en materia de Salud Mental de la modernidad, sin embargo, resulta interesante que no sólo se argumentaba a favor de los resultados terapéuticos de esta práctica, sino sus propósitos económicos en pleno  progreso porfirista, con la integración de los internos a la vida productiva del país a través del mercado. Como se observa en las citas de Cristina Sacristán incluídas en la exposición: “Por el bien de la economía nacional, el trabajo terapéutico y asistencia pública en el Manicomio”. Sin duda, sentirnos útiles puede ser curativo y sano para cualquier ser humano, sin embargo, las condiciones de institucionalización y abuso no pueden hacer del trabajo per se una práctica digna. Es también preocupante que a pesar de la utilidad de la terapia ocupacional, otros enfoques terapeúticos no hayan logrado penetrar la práctica psiquiátrica, ninguno posterior al giro lingüístico, ni modelos postfoucalutianos, reflejo de su carácter ontológico, en el que desde el poder de la ciencia la locura es realmente un mal infeccioso e intrínseco de quien la padece. Pero ya Foucalut lo dijo, la locura es de quien le teme, la juzga y la encierra. La locura está en los ojos de quien la encuentra. La locura, claro, es una historia de poder.

Foto uno: Expresiones auténticas, únicas, humanas: la mueca del valiente, de la seductora, del rebelde, del obsesivo, del triste, la mueca de quien es imposible someter, pese a todo, a la conformidad. Todos ellos locos y disntintos aún dentro de su uniforme gris, aún bajo la más grave de las insituciones totales. Gente extraña que tuvo el valor de permancer en la escencia de sus afectos pese al abuso, la enajenación y el trance. Histéricas, lesbianas, homosexuales,  adolescentes rebeldes, obsesivos, maniacos, melancólicos y todos esos que fácilmente  podemos toparnos en la más transitoria cotidianidad pero, por alguna obscura razón amparada desde el saber científico, son institucionalizados y sus cuerpos y mentes se deterioran en el encierro y el asilamiento del mundo. Esos son los verdaderos locos, las personas institucionalizadas, estigmatizadas como tales. En la exposición se presentan historias clínicas estúpidas y absurdas (verdaderos  y terribles tesoros literarios) pero también relatos, dibujos, fotografías de su indignación, de sus resistencias más íntimas. Me dio cierta paz encontrar en su angustia, singularidad. La singularidad de esos pocos que son poco suceptibles a la normalización y por ello, son encerrados.

Siempre me ha fascinado el tema de la locura. Me interesa, me apasiona y por supuesto, me da pánico.  Uno se siente en peligro al estar frente a frente con tan ambiguo y terrible arquetipo, de mirar a los ojos un extremo de existencia. Honestamente, no se si me gusta enfrentarme a ella, pero presiento que tengo que hacerlo para situarme, para acercarme un poco al entendimiento de lo humano. Dice Goffman que es necesario conocer los extremos de lo social para comprender el resto. Me gusta pensar la locura. Tal vez  sea el morbo, esa mezcla tan mexicana de curiosidad y miedo, el que me ha hecho, como a otros psicólogos, adentrarme en tales laberintos: la Psicología, el hospital psiquiátrico, el reclusorio, Michel Foucault, Erving Goffman, los pacientes con demencia.  Los manicomios y su locura, son, al fin, un espacio fronterizo de lo humano. Probablemente, yo también esté loca al tratar de entender el mundo desde sus más retorcidos recovecos, y ponerme tras bambalinas de la puesta en escena de lo social, desde sus descampadas fronteras, alejadas de lo bello y de lo diáfano en la vida. Pero estas han sido para mi experiencias profundas de conocimieto, no sólo de lo mental y lo psicosocial, sino de lo humano. De mi misma. Me han hecho estar dispuesta a ver la macabra sonrisa a aquello obscuro y terrible y luego, sólo sentirme abatida, agradecer mis pequeñas fortunas y tratar de ser últil, entender. La locura, y no el loco, es fascinante porque no es ingenua, la locura sabe algo que nosotros no sabemos y por eso ríe, ríe en su sardónico conocimiento y por eso, también, sufre en un  lamento largo y honesto, infatigablemente humano. Como dice Foucault, la locura sabe sobre la muerte. La locura, sabe, por eso es atemorizante. Es una preconciencia de lo obscuro. La última y más frágil de todas nuestras máscaras.

                                          Aguamala o Medusa.
                                          (deliciōsus médousa)

martes, 11 de mayo de 2010

Somewhere

En el MUAC hay una exposición (Somewhere) que es, literalmente, un regalo. Nunca pude ver si la curación mencionaba algo al respecto, yo no encontré ningún tipo de explicación en la museografía pero quizá se me perdió. Si los galeristas no contaron esta historia creo que cometen un error:

Cuando Félix González-Torres se enteró que el VIH había hecho mella y que él y su pareja estaban gravemente enfermos decidió entregar la exposición que se encuentra acutualmente en el nuevo museo de la Universidad. Papeles bond que se reproducen una y otra vez con su obra impresa cuya cantidad de copias tiene un peso equivalente al peso corporal de González-Torres y al de su novio, y que los asistentes pueden llevar libremente, tomando "un papel" un poco más activo que el de meros expectadores. La obra es un obsequio, o muchos. Montañas de paletas y de dulces que se ofrecen en las salas del museo y que corresponden, también, el peso del artista y de su pareja. Sí, es cierto, puede resultar medio siniestro, medio creepy, pero se volvieron papel y caramelo y ¿a quién no le gusta el papel y el caramelo? Ahora ambos han muerto y  la exposición es un mensaje en el tiempo (como los de las botellas).  La obra lo ha trascendido y se quedó como un úlitmo regalo para destinatarios anónimos que probablemente lo único que podamos compartir con su autor sea la enorme nostalgia por el breve instante que pasamos en este mundo: There is no better place than here. (He said)

Tal vez reslutó mejor que no conociera esta historia cuando fui a ver la exposición con mi novio (o lo que sea), hubiera llorado como loca y eso no es cool en los museos (soy taaan jota). Por la Ciudad de México hay espectaculares con la obra presentada en Somewhere, vi uno sobre el puente de Municipio Libre, es un ave negra volando sobre un cielo nublado.

Chanti Ollin en primera persona. La okupación a través del espejo.

El Chanti Ollin, casa en movimiento en náhuatl, es un edificio un poco descolorido de la colonia Cuauhtémoc. Se encuentra en una de las zonas más transitadas de esta ciudad y si uno pasa de frente, como los miles de automovilistas que lo hacen a diario con su característica cara de resignación-angustia-prisa, no se alcanza a percibir diferencia alguna con cualquier otro edificio descolorido de la Ciudad de México. De hecho, justo a su lado hay otro edificio que pareciera ser exactamente igual, el gemelo bueno. Si entonces, uno mira hacia arriba, se empiezan a notar sutiles diferencias, como el dibujo de algo parecido a un caracol color azul dibujado sobre el muro de una fachada llena de balcones y un letrero que ofrece un taller de fotografía. No más.

Para entrar no existe, o al menos no es funcional tal cosa como un timbre, uno se arma de estrategias como alcanzar a alguien que vaya entrando o saliendo para platicarle el asunto de la visita “ Oye, mira es que estamos interesados en lo que se hace aquí en el Chanti…Queremos ver quién puede informarnos sobre la chamba que hacen acá…Estamos haciendo nuestra tesis sobre okupaciones”. O bien, se toca desesperadamente al zaguán que quizá alguna vez fue rojo. Una vez adentro del edificio todo es diferente, la mejor descripción que he escuchado (leído) es que el Chanti Ollin es como la casona donde se planea la destrucción del sistema en “El Club de la Pelea”. Sin embargo, hay detalles que ni en el viaje más agudo David Fincher se hubiese imaginado, (neither Palahniuk), pues el Chanti Ollin no es el delirio de un loco, sino de muchos.

Un grupo de seis niños indígenas riendo nos abren la puerta, ¿qué es esto?  pienso para mis adentros que ya estoy encontrando diferencias con las okupaciones en Europa. Es un poco húmedo y muy obscuro, en realidad parece que está a punto de caerse,  en las paredes desgastadas, uno encuentra detalles en colores ácidos que saltan al encuentro: rostros, ojos en las paredes, humanoides amarillos, primas mexicanas de las mordaces ratas de Bansky, letreros. Justo a un lado de Torre Mayor, en el centro-poniente de la ciudad y justo en la médula administrativa que lleva hacia Polanco (como sacado del imposible libro de texto de las okupaciones) existe el Chanti como la madriguera del conejo de una Alicia punk y menos ñoña, menos ingenua. Si bien todas las puertas son del mismo tamaño, igual que las de Alicia cada una presenta perspectivas diferentes. Una tras otra, piso tras piso: grafiteros, rastafaris, artesanos, zapatistas… y sin necesidad de tocar la puerta o girar una llave uno entra a pasadizos que oscilan, como todo en las okupaciones, entre lo público y lo privado y entre lo íntimo y lo colectivo.

Los baños, los pasillos, las relaciones familiares, el sexo, el cuerpo, el empleo del tiempo, el uso que se le da al dinero...Las formas de intercambio son indicios de cambios sociales que surgen desde lo más personal y propio, es decir, desde lo más cercano al cuerpo, al primer espacio que es la vivienda, lo personal y doméstico.  El segundo y tercero, son los espacios que corresponden al trabajo, y al espacio de creación, expresión y descanso, respectivamente. La violencia económica y algunos factores culturales  niegan el derecho a los jóvenes de esta generación la posibilidad del tercer espacio. La violencia económica pone cada vez más en peligro pensar en un trabajo digno y en  tener acceso a una vivienda propia (primer y segundo espacio). 

Antes de eso, la generación marcada por la famosa  X del desencanto, X gritaba furiosa: No hay futuro. Pero estaban equivocados. Después del no futuro, los niños nacidos a finales de los 70s, durante los 80s y ahora 90s, llegaron al mundo después de un duro  reality check generacional, llegan a barrer los escombros de lo ocurrido después de la fiesta (que no era la última), la heroína y las crisis financieras internacionales. Llegaron a encontrarse con un capitalismo voraz y desesperado, sin colágeno y elastina.  Esta generación, lidia con cuerda floja de la desesperanza adquirida para tratar de incorporarnos al telemarketing y a las ventas o bien,  resistirnos y construir un bunker.  Ni-ni: La violencia económica niega derechos humanos a los jóvenes.

¡Feliz no-cumpleaños Alicia!

La era del Sujeto-target, de las masas como zombies. Tras el bombardeo psicológico sobre la seguridad y la salud: El árbol sombrío del consumo insaciable. La administración del cuerpo, del tránsito y de las comunicaciones. Convertirse en un buen operador telefónico y  pedir auxilio al  auxiliar bancario. Sobrevivencia del siglo XXI. El postfordismo y sus trampas de indignidad,  tratar de encajar como colándose a una fiesta donde no te quieren haciéndo gala de resingación. Nada de estar pensando en música o pintura. Nada de terceros espacios. En la hipermodernidad, las revoluciones privadas parecen las más congruentes y poderosas:  Pintándonos el cuerpo y las paredes.

Extrañas iniciativas que se consituyen decidiendo (diciendo) en lo micro, en lo cercano, en lo de todos los días: Vivir sin seguridad social, sin anillos de compromiso, sin propiedad. Como dije al principio de este post.texto, Chanti Ollin quiere decir casa en movimiento en náhuatl y es un nombre con toda la onda del mundo, al ser congruente. Es posible que haya roles criticados en la sociedad de la que proviene y se distingue que se repitan dentro de la casa, eso sucede en algunas casas en Europa, donde incluso se han conformado grupos para estar alerta, como desde el cuestionamiento político los colectivos feministas. Será una cuestión a considerar en nuestras visitas, sin embargo, si algo es evidente es que algo en esta casa se está moviendo.

Durante las visitas que hicimos al Chanti las puertas tenían un funcionamiento peculiar y permeable. En cambio, los espacios se delimitan por atmósferas sonoras: reggae dub, punk, cumbias, risas, discusiones, hip-hop, rock... En ese extraño primer recorrido a media luz, las densas bocanadas nos llevan con la oruga azul prendida a su narguile. Está tatuado de los pies a la cabeza, rapado excepto por un mechón negro de donde sale una larga cola de caballo. En las paredes de su madriguera, encuentro al conejito blanco enfundado en corsé y medias en un póster de Helmut Newton. Comienza la entrevista.



Este es un fragmento (un poco extraño) de mi tesis de licenciatura "Okupación:Nuevas formas de influencia minoritaria" del 2008 que tuve la buena onda de escribir con una beca, bajo el cielo queretano. Se trata de un estudio de caso, el Chanti, analizado desde la perspectiva de las Minorías Activas de S. Moscovici que escribí con Olmo Navarrete Rigo. Se trata de un trabajo locochón y por eso fue plausible este texto sobre la introducción de la casa. Hay matemáticas, entrevistas, análisis, hicimos de todo porque nos gustaba este trabajo y este tema. Pero bueno, ya no les voy a contar mi tesis. Love you malas.