miércoles, 14 de octubre de 2015

Una historia sobre el mal de ojo


Para Carla Fardella, por todos los domingos de tu vida.
"No sé qué ojo me maleficia mis tiernos corderos". Virgilio
              
Trabajábamos vendiendo boletos para recitales de guitarra clásica española en las iglesias medievales del Barrio Gótico en Barcelona. Giazú en inglés, Carla en alemán, yo en francés.  Ellas llegaron a esa chamba un par de semanas antes que yo y fueron también ellas quienes me jalaron y convencieron al jefe de emplearme después de que una tarde en la Universidad decidimos que deberíamos llevarnos más  Weona, deberías de andar más con nosotras- dijo Carla, con esa cara que pone cuando sospecha algo que en realidad sabía hace tres o cuatro vidas. Ellas, mis amigas, espejos fundamentales.

El emprendedor que nos contrató era un perro andaluz de pequeños y enrojecidos ojos marrón,  en mi mente sólo aparece liando y fumando un cigarrillo tras otro. Este sujeto pensaba que el éxito de su empresa radicaba completamente en nuestro trabajo de volanteo, ventas y marketing callejero, estaba todo el día pinches sobres de nosotras.

Pasábamos medio día en la calle y solía ser extenuante como todos los empleos precarios, condición de prácticamente cualquier laburo al que una puede acceder en una situación de cognitariado migrante expectante postcolonial trans nonconacyt retro vintage queer psicodélicx. Sin embargo, los regateados euros que recibí en ese flamenco impasse de la academia, elevada y ruin como Parnaso colegiado,  me dieron una seguridad que me había faltado hondamente los últimos meses desde que pisé Europa en esa ronda de la vida.

Valientemente o vilmente, ya no sé, me fui de México y aterricé como un campanario o como un sapo psicotrópico. Atravesé la puerta del invierno con otros trabajos y otras angustias: el corazón y la casa no fueron las únicas cosas que se me rompieron cuando llegué a Barcelona: cataclismo particular, se me rompieron todas juntas. Fui pobre. No viví la pobreza extrema que hay en mi país de heridas y de flores, sin embargo, me tocó enfrentar la pobreza postestructural de las incertidumbres millennial.

Fui pobre durante los meses sin sol y aunque todo era muy congruente con el clima y con el ánimo gótico de las circunstancias, bailé harta cumbia, rasgo distintivo de salud, y sobreviví a la infame caída la realidad y de la bolsa. Soy de esas mujeres de signo zodiacal ambiguo y orgullo borrascoso, con la frente marcada por la combinación más necia de los astros y por ello, o por algo con mi madre que es muy demandante, a mí no me gusta pedir, no me gusta deber y me tocó verle la cara a la pobreza el año de la peor crisis económica que el país había sufrido desde tiempos de la guerra. Tiempo después, la primavera llegaría en la forma de una pequeña beca en flor.

La España revuelta en la que no vas a tener una casa en tu puta vida, la Cataluña de la que nunca escribo me demostró algunas cosas que son más importantes que el pan y que el amor de los niños heridos. Sin esa adversidad, no hubiera existido la posibilidad de ser amiga de los manteros: hombres de mediana edad, padres de familia migrantes, africanos, pakistaníes, chinos; de amistarme con los callejones que improvisan cantantes de ópera, hombres estatua, ladronas rumanas, músicos suizos, peruanos, de probar mis palos sobre un tablao experimental entre los artistas de la sobrevivencia. Así fue el amanecer del siglo y el mío. Ese abril cumplí 25 años en la frontera de una clase social y, además de los regalos de mis nuevas amigas, recibí una linda pulsera hallazgo del vagabundo del loro y dos pashminas de una manta del piso, una negra y otra rosada, como dos abrazos del Valle del Indo de un padre atento que cantaba canciones del amor entre castas al pie de esta larga calle de mi alma, el Carrer del Bisbe.  Un año antes o uno después de Barcelona, lo hubiera considerado el más improbable de los lazos, después de esa puerta, la saturada puerta de la pobreza, la que una nunca quiere cruzar, me abraza una guirnalda de nuevas nostalgias para servir y nunca volver atrás. El maravilloso hallazgo de la frugalidad...La gentrificación y sus minimal lofts acaban con esas cosas, las cervezas de 7 euros acaban con esas cosas y la Plaza del Tripi ahora se carga un mal viaje de macetas gigantes y juegos infantiles. La Barcelona de Cristina endeudada con la Barcelona de Vicky quedando bien y poniéndose fácil y global después de haber empiernado en la misma mala película. La derrama económica de los güeros desplaza a los migrantes pobres y por supuesto, a los pobladores originales de los barrios centrales. Es como si la Roma fuera una ciudad completa. 

Al andaluz de mirada de perro se le hacía una buena inversión tener vigilantes y estábamos durante buena parte de la jornada en puntos estratégicos del Barri sin poder dejarlos y movernos demasiado. Pasábamos horas abundantes algunos metros adelante o atrás de las esquinas clave y pese a lo deficiente de su estrategia comercial, de su aprobación y la de sus vigilantes dependía que tuviéramos trabajo la semana siguiente: precaria. Así,  aunque las largas horas de pie cazando güeros no eran muy divertidas entonces, el río del tiempo me ha demostrado que no todo ha sido tan malo:

Imaginar el efecto que tiene sobre la corteza cerebral mirar el mismo relieve románico durante cinco horas, la observación minuciosa durante días del mismo puente neogótico que Le Corbusier despreciara por ser abigarrado o sólo, casi, por ser nuevo. Mirar la misma fuente, la misma estatua, otra vez, el mismo relieve. Poner los ojos en el mismo muro durante horas como engaños trae consigo consecuencias histológicas, neurofisiológicas. Era bonito ver cómo iba cambiando la luz del año sobre mi alma y sobre los muros francos que construyeron hombres más ingenuos que nosotros; notar cómo, un buen día, casi involuntariamente, la poesía de las cosas silentes puede defendernos de la vida.

Entre los incendios de la judería en el siglo XIV y los incendios por las tres victorias del Barça en la crisis económica hipotecaria nada nos ha pasado, sólo la música nos ha sucedido. Los siglos han pasado corriendo calle abajo, como si se hubieran olvidado del paraguas o las llaves. La planificación del pasado que envuelve cada vez más a Barcelona fue trazando en mis sesos una Arquitectura de la memoria, un sistema nervioso que detenta cimientos de  cantera gris capaces aún de hacer el recorrido de Ferrisa a Sant Just i Pastor y seguirse hasta la playa. Mis devaneos medievales están apuntalados con piedra mediterránea y augusta. Nada va a quitarnos la Historia, contra las paredes no hay antídotos.
Don't! / De la guía del buen turista de Barcelona
Además de nuestros estables puntos de venta, en este trabajo, teníamos un target: adultos caucásicos del norte de Europa con poder adquisitivo alto, hombres y mujeres, cercanos a los 60 años. No viajan en tour pero pueden viajar en grupos o en parejas. Nada de gringos o inglesitos o italianos parranderos en sus veintes, nada de californianas de shopping en las mismas tiendas que hay en California. We went for old money. Gente sin interés por ligar algo exótico, sin los clubes de Port Vell en el itinerario, sin ningún sentido de la moda y que gustara de consumir cultura. Esos eran nuestros peces gordos y los cuidábamos y lo hacíamos bien porque todas estábamos sobrecalificadas para volantear y porque ese empleo y el feminismo fueron una tabla salvavidas en medio del océano de incertidumbres en el que nos hubiéramos ahogado estando solas (o no, pero hubiera sido más difícil y aburrido). El mercado era fácilmente identificable, sin embargo, el bien reportado cardumen otoñal que teníamos por presas, era compartido por otra especie, otra minoría en sobrevivencia por las rutas de la gentrificación, nuestras rivales ecológicas:

 Las ingeniosas ladronas de Rumania.

Esto aconteció la primera semana que llegué al trabajo, fue la auténtica novatada. Estábamos a espaldas de la Catedral, en la puerta de Santa Eulalia, frente al blow job histórico entre la Iglesia y el Estado.

BJ Histórico
Sucedió que una de mis amigas había denunciado un par de días antes con la policía que las gitanas robaban sistemáticamente a nuestras cabecitas rubias...blancas...rubias. Las ladronas los despojaban de todo con una sofisticación precisa e hilarante. Eran unas buenazas, la neta. Quizá, si hubiese estado presente me hubiera opuesto a la denuncia, pero igual mis amigas, latinas aguerridas de temperamento albinegro y bravío, no son mucho de preguntar.

El método de despojo consistía en pintarse los obscuros mechones gitanos de color rubio y disfrazarse de turistas. Gafas, cámara fotográfica colgante, mapas (neta mapas), bermudas  color kaki y coloridos tang tops que la banda nórdica usa pensando que Barcelona es un destino tropical. El look de nuestras rivales en la calle sólo carecía de la cara de extravío natural de los turistas; ellas iban alertas y lúcidas al acecho de nuestros güeros. Iban al tiro. Detectaban al más distraído, a quien representara la presa más sencilla y para tiempos de crisis, suculenta: la bonachona señora bretona, el viejito teutón o sueco interesado en Gaudí, la adorable parejita en el segundo aire con un cierto nivel de mal del puerco por mal vino y paella. Después del eficaz procedimiento de identificación, aprovechando la estrechez de las calles medievales y lo numeroso de las hordas turísticas de caucásicos babyboomers, las ladronas se aproximaban hasta pegarse a las rebosantes carteras de sus víctimas, a sus bolsos de playa mal cerrados, a sus bolsitas de compra y  los saqueaban a todos.

Luego, la parte más brillante del plan: ¿Se ha mirado usted Blanca Nieves? ¿La peli animada, la de Disney? ¿Recuerda cuando la vanidosa bella bruja se transforma en una viejecilla aparentemente inocente pero con una mirada tres millas de maligna? ¿De mirada que dice que la vida es dura y la venganza es dulce, como manzana?

Esa viejecita está sentada allí, mientras yo escribo o mientras tú lees, a un costado discreto de la puerta de Santa Eulalia, recargada sobre el muro de la Catedral, sentada en el piso en la calle del Bisbe, pidiendo unos centavos. Tal vez no es una viejecita, tal vez también es una bella bruja disfrazada y tiene la  mano extendida y la cabeza gacha, mientras sus enaguas largas y roídas de gitana de hace dos siglos esconden de la policía y de todo mundo, el botín que las falsas turistas van robando de los guiris.

Una mañana con luz horizontal, en esa intersección de la vida y del Bisbe, me aconteció un maleficio.

El mal de ojo es, por excelencia, el  mal del envidioso cuando envidia. La envidia y esta maldición están vinculados tan estrechamente que pareciera que se trata de la misma cosa, pero no, implican un nivel de sofisticación distinto. El devenir etimológico de la envidia es “poner los ojos en algo” y sí, la envidia es aquel gesto, ese hacer con los ojos que demuestra un peso, la gravidez de lo que no se es. Lo que asombra es que parece ser de un peso demasiado fatigoso para algo tan efímero como una forma de ver. La envidia guarda en su forma afectiva un arquetipo de la mirada. Hay miradas así, he conocido personas con miradas así, pese a lo linda que era, la mirada de una chica de la prepa sobre mí solía preocupar a mi madre, llevaba por ojos unos enormes planes de despojo. Ojos que tiran de algo, miradas con el peso de la  furia por una herida remota, ojos que quitan algo, o que al menos, lo intentan. Es ese esfuerzo lo que pesa, es eso lo que hace la mirada de quien envidia. Existen ojos que entregan cosas ¡Si pudieran mirar a mi amoroso! La mirada de la envidia lo arrebata, le quita algo a lo que es mirado, poder, magia, belleza. Si acaso no lo consigue, tira con esa intención.

El mal de ojo, por supuesto, proviene de la mirada de otros y es una cosa fea, más estudiada y metódica que el rebote adolescente de la envidia, impronta visceral y notoria. Lo que tenga el ojo de víscera se manifiesta en la envidia y en los tacos de puesto mexicano.

Si los paseos etimológicos nos dicen que la envidia es poner los ojos en algo, al mal de ojo se le dice también “ojear”. Y, es aguamalamente fascinante que en el siglo XIV, y en algunos clanes y pueblos todavía, al mal de ojo se le dice igualmente “fascinar” que significa, en un perfecto y perverso círculo semiótico, hechizar o  encantar.

En la ruleta rusa del sentido, resulta que también se le decía así al amuleto contra el mal de ojo,  fascinum o fascinus que tenía forma de falo, un ceremonioso pene erecto para bloquear cualquier maleficio. O bien, al haz de ramas sujeto en un solo manojo para hacer limpias y barrer las miradas o representar al fascismo, que ha fascinado a muchos como un dios repugnante y atractivo.

La del mal de ojo y la de la envidia es una fascinación, claro, en mala onda. Formas de mirar bien distintas al arquetipo del ojo en la seducción y la curiosidad. Sin embargo, la fuerza necesaria para tirar con los ojos aquello que desea el envidioso no es la fuerza de la maldad deseada a alguien. La envidia no hace esto siempre, es un peso distinto el que se usa para tirar de algo que para asestar algo. Jale/Empuje. Hay miradas que entregan cosas. La mirada del mal de ojo, no quita, sino deposita, y aquello que se deposita es el mal para alguien. En una mirada, entre la vil y biliosa envidia y el mal de ojo, no hay sólo una delgada línea sino vectores de una fuerza terrible y espantosa.
Ilustración desde Deviant Art
"Everthing is about sex, except sex. Sex is about power"
Wilde
Se decía y se sigue diciendo, que los que habían sido víctimas de estos ojos eran “espantados”, espantados de mirar lo que les había fascinado, unos ojos envidiosos, unos ojos malos, el símbolo del poder de la fuerza bélica y patriarcal, el fascio, o bien, el falo así, tal cual, usado en la cópula; el falo en la intersección entre los cuerpos, el falo en el cruce de los sexos, que los romanos (ya no decir de otras culturas) no podían mirar directamente a reserva de espantarse como muestran los frescos de casas de citas, balnearios y prostíbulos. El sexo, ese encuentro que denota en la imaginación de todo Occidente paranoide, tanto poder, tanto, que  puede entenderse quizá, que sirva para defenderse del mal.
Ese día en el Gótico, en el Carrer del Bisbe, ahí donde intersecta el callejón que lleva a Sant Felip Neri, las ladronas rumanas se dieron cuenta que venía muy contenta con las chicas que me mostraban el pitching para los turistas, es decir, venía yo con las enjundiosas latinas con estudios de posgrado que las habían denunciado unos días antes. La nueva integrante de la pandilla. Entonces, las falsas turistas y su abuela desalmada me rodearon, salieron quién sabe de dónde, yo no sabía de la historia y para mí seguían siendo turistas que de pronto me rodeaban. Eran unas diez o quizá ocho o quizá doce. Y sus veinte, o dieciséis o veinticuatro ojos me buscaron y me miraron quizá por algo menos que un minuto, tal vez  minuto y medio, quizá tres minutos y pude ver el peso del esfuerzo que hacían sus ojos y sus muecas directas y soberbias, muecas de quien se cree más listo y más poderoso, inequívocamente amenazantes. Las muecas, sí, pero los ojos, los ojos todos de esa otra manada de brujas o leonas haciendo algo sobre mí. Ejerciendo una fuerza.

Las ladronas rumanas me echaron el mal de ojo, pero ellas no tenían nada que envidiarme, no creo que hayan tratado de quitarme cualquier cosa. ¿Qué cosa podía tener si no tengo nada y tenía menos entonces? No tenía poder, o amor, o belleza que pudieran tratar de arrebatarme. Tengo tres ciudades, tres nombres y diez siglos en el cuerpo, nada se llevaron. Todo lo llevo cargando aunque haga yo meditaciones en el dejar ir, aquí están los siglos y los nombres y las ciudades. Eran miradas que no me quitaban nada sino que me entregaban algo, me ofrecían, depositaban algo extraño y obscuro en mí.

El mal, el mal en cualquiera de sus formas, la forma de la carencia,  de la desgracia, de la enfermedad, o el mal así, en abstracto. El incomprensible mal. Sin embargo, hoy que escribo y recuerdo, o viceversa, parecía un mal específico y concreto. Tal vez cada una deseó para mí un mal distinto y colorido. Y la cosa es que he sido malmirada, espantada, pues he mirado la mirada del mal. Hay una maldición gitana sobre mis hombros,  sobre mi historia, sobre mí.

Cuando terminó el hechizo, el acto de encantamiento, la fascinación, los ojos y sus mujeres se perdieron entre los turistas reales. Después de unos instantes de quedarme extrañada en medio de la calle, les pregunté a las chicas si habían visto todo eso y fue hasta entonces cuando me explicaron sobre las ladronas y su modus operandi, sobre la denuncia ante la policía que no te lleva preso por un monto menor de 400 euros, cantidad que  esa mañana no encontraron bajo las faldas de la gitana.

Honestamente, no sé qué hacer. En mi condición de persona con una maldición de ocho o diez o doce gitanas encabronadas, no sé qué hacer. Podría yo buscarme un falo de amuleto, pero me da un no sé qué ir a las reuniones del trabajo o con el suegro con un falito de plata o de madera ahí entre mis accesorios, tendría que contar toda la historia, respecto a la opción de creer. Mi madre, que sigue preocupada por mí, algunos años después me ha dado una de estas pulseritas de ojitos turcos de cristales azules que proyectan al mal de vuelta. Además de eso, me quedan pocas opciones, la cabal y aburrida defensa de no creer que es la que he empleado estos cinco años en los que no me ponía a pensar en ese día, buscar una limpia con algún objeto fascinante o, como Cátulo, contar con una cantidad de besos o poesía  suficiente para exculpar y proteger.

(basia) quae nec pernumerare curiosi
possint nec mala fascinare lingua
.

(tantos besos) que ni los curiosos puedan contar
ni maleficiar



Siete años después del mal de ojo y cinco después de que comencé este blog o depósito de besos que se llama Aguamala o Medusa, he venido a descubrir que la cabeza de la Medusa, cortada por Perseo, el héroe, fue dispuesta como la égida o el escudo de Atenea, la implacable diosa de la Sabiduría que condenó a Medusa a su forma repelente y a su mirada petrificante, la cabeza de la gorgona fue usada por los ejércitos como símbolo de invulnerabilidad. Lo que queda de la Medusa después de su belleza, después del dolor de la soledad autoimpuesta, es una cabeza petrificante, artilugio que aleja del mal y una afortunada coincidencia para sobrellevar la maldición gitana que me cargo.
El umbral gótico que hay entre la puerta de la pobreza y la mirada del mal, fue un umbral en mi alma. Cuando mi avión entraba a la Ciudad, le pedí a Barcelona que fuera mi amiga y Barcelona generosamente o vilmente, se abrió para mí como un campanario o un sapo psicotrópico, ya no sé. Por lo que no tuve, por lo que dejé de ser  y por los pedazos en los que me rompí pensé que no me había escuchado pero me escuchó. Barcelona, espejo fundamental. La ciudad, como mis amigas, no es una chica sencilla y me ha mostrado cosas más importantes que el pan y que el amor de los niños heridos.  Al reflejarme rota, me mostró asuntos fundamentales sobre mi forma de ver.
Si algo he de tirar con los ojos que sea la poesía la que robe de la vida, la que despoje de la mirada de los otros, la que encuentre en los callejones del tiempo, en la voz de mis amigas, en la luz horizontal de este país de heridas y de flores...ah, y si vieran mirar a mi amoroso, si vieran los besos que nadie puede maleficiar. La prisa de los siglos que se han ido corriendo calle abajo sólo puede alcanzar a mostrar, que la poesía de las cosas silentes es capaz de defendernos de la vida, usar la poesía en ofensiva, usarla en defensiva, la poesía como una pared de tres nombres, dos ciudades y diez siglos. Contra las paredes no hay antídoto y nada va a quitarnos la Historia.
Desde una lejana corteza cerebral un guiño de la memoria/Foto de OMBOLD desde Flickr 

Aguamala o Medusa
Se aceptan supercherías
Caravaggio ¡Selfie!

miércoles, 5 de agosto de 2015

Uróboros


El término loop es un anglicismo, bucle en español, en en música electrónica consiste en uno o varios samples sincronizados que  ocupan generalmente uno o varios compases musicales exactos y son grabados o reproducidos enlazados en secuencia una vez tras otra dando sensación de continuidad.


El uróboros es un abrumador evento de la naturaleza y un antiguo símbolo usado en la búsqueda alquímica, repetido a través del tiempo en el inconsciente colectivo, un impasse calcado y rediseñado por civilizaciones diversas, ilusoriamente distintas. El uróboros es una serpiente o a veces un dragón que se devora a sí mismo, una orilla de fauces que devora su cola, la otra orilla, y con ello, inevitable pero voluntariamente es y se destruye continuamente.

Es importante saber que el uróboros es tanto más veces símbolo que naturaleza y por ello resulta una búsqueda. En los serios juegos alquímicos es el símbolo de la perfección, un ser que se satisface a sí mismo como alimento y como cuerpo alimentado. La redondez de los textos, de los proyectos, de las organizaciones, de los cuerpos, de una obra, del ser, es el hambre y la satisfacción del hambre. La efímera y única autosuficiencia de la autoingestión, una autofagia misteriosa y ancestral, la muerte devorando la vida y la vida, dispuesta y sumisa siendo la muerte, como lo es siempre pero con una claridad insoslayable, en el formidable seppuku del uróboros. Como las bellotas que caen con estridencia sobre el techo de la cabaña en el Anticristo de Von Trier, como soplar las velas del pastel de cumpleaños. El uróboros, imposible de no mirar, muestra que somos el plato fuerte de la cena, el fin, sin el intermedio de los días, sin los aperitivos o postres que nos representan los otros.

Mi primera pesadilla ha sido con serpientes. Sueño con la amenaza y el poder de un movimiento seductor. Para poder devorarse es necesario disponer el cuerpo de manera circular, performar un círculo y con él, la paradoja infinita que hay en la perfección de ser en lo que es,  la eternidad o la crueldad de un ciclo infinito, un loop de la existencia. El infierno, que también está diseñado en círculos; Dante, Sísifo, Perseo, tú, la noria del sufrimiento. Shiva danza en la dicha por lo que transmuta, en la dicha de lo que será destruido: el holograma de la política, de la vanidad, del dinero, del ego. Shiva danza con una serpiente adornando su cuello que simboliza los años. La destrucción que completa la creación. La forma serpentina del Uróboros espejea el vértigo de las cosas que no dejan de empezar. Como los vicios, como el mar, como nuestros labios en un beso: amorosa, suave, intermitente antropofagia. Antes me besabas con la ansiedad del hambre, ahora bailamos, volvemos a comenzar, sé que lo importante es no dejar de cazarte. En algunas barajas del tarot,  también podemos ver un uróboros atado a la cintura del primer arcano, el mago, que contiene en aquella latitud creativa del cuerpo, la fuerza primitiva y originaria del infinito sobre el que crea y hace su magia, la pequeña ilusión del hombre, manipulando con artilugios y destrezas la fuerza de la vida que reside en su fragilidad, en la posibilidad que tenemos de morir, en las fauces de la muerte respirando sobre la nuca, siempre acechándonos. Los antiguos nórdicos sabían que hasta el día de su destrucción, el mundo estará rodeado por la Jörmundgander, la poderosa serpiente que prevalece autoengulléndose alrededor de la Tierra. México, esta semana, este sexenio se mueve como un uróboros. 

El símbolo también sucede en la naturaleza, verlo, causa cierta repulsión; el uróboros es un fascinante y grotesco acontecimiento del mundo pues, no se sabe exactamente por qué mitológica o evolutiva motivación, la imposibilidad de cazar y de comer, por ejemplo, hay algunas clases de víbora que comienzan a fagocitarse, tragando desde las dislocadas mandíbulas el fin de sí mismas.
                                                                                     



Aguamala o Medusa
Entre Caníbales. Soda.

lunes, 27 de julio de 2015

Envidia de las Aves. Crónica de lo profundo en las BARRANCAS DEL COBRE.

Las Barrancas del Cobre, caldero de los Dioses. Poza tornasol en la se decanta la vastedad de la Tierra. Memorandum de la instantánea que es la vida, testigo panorámico de nuestra épica amorosa.

En las paredes de este cuenco mágico yacen las cobrizas inscripciones de todas las horas, las hilvanadas, las descubiertas; es un oficio para los dioses viejos, sacra caligrafía del tiempo, espigas remotas en un electrocardiograma de piedra, signos de un corazón paleozoico. Antiquísimo vertedero de cascadas: agua que corre rarámuri, lenguas líquidas que alimentan un ensueño tarahumara. Este sendero alto despierta con una nostalgia por mañanas más simples y más fundamentales, mañanas también crueles. Las fallas del espacio son las fallas del tiempo.  La cañada es el altar de todos los soles y en ella crece la verdad de la espina y la miel de un cristo vegetal.
El tren recorre el trazo de un Kandiski cósmico, un amor brilla en el coro de esta paleta tectónica. Cáliz magnífico para invocar al rosa,  al ocre, al azul cuando deviene verde, a todos los verdes, el que deviene azul como en los campos marinos para que las aves emerjan del océano improbable. Así es el cobre, alarde de timbres minerales, una duda cromática, despliegue de indecisión.
No es distinta la substancia ardiente que subyace y palpita bajo todo deseo. La Sierra Madre Occidental, es el resultado de un antiguo y violento beso ígneo. En la cañada una cumbre mira a otra y una tensión de vértigo pende entre sus bordes; al amanecer todos los límites se cubren de humedades y bocas de ríos imaginarios se beben entre las rocas. Caricias de nubes urgentes me recuerdan a Ulises. Me resulta preciso nadar entre dos profundidades y más abisal es su risa. ¿Volar, caer? Un pájaro metálico, canta al amor pendiente entre los riscos, es una fuga del alma, un poeta perdido.
 Aguamala o Medusa
Fotos de él
México, algún lugar entre Game of Thrones y El Señor de los Anillos

Queridxs, estoy en una crónica sobre el viaje y otras cosas ambivalentes de la vida, pero este retrato me resultaba urgente, me subí a un tren de sentimiento, el paisaje de fuera se parece al paisaje que se siente dentro, poemas a los que les gusta repetirse. Gracias por leer.



martes, 19 de mayo de 2015

Epic love: El universo según Aguamala

                                      Nunca vamos a estar a salvo, Kim Herbst

 
Primera temporada, 2003, creo. 
Ojos de la intuición.
 
Henry was literary.
Anaïs Nin, Diaries.

Nos conocimos en  2003, creo.  Yo tenía 18 o 19 y el 22 o 23.  Coup de foudre en la explanada de Ciencias Políticas, era viernes y había una fiesta. Yo  lo llamé porque era muy segura de mí misma.  Como una aristócrata, nada me angustiaba y le pedí a alguien que lo trajera a mí, lo mandé pedir.   Aguamala teen – ¿Y él? ¿Quién es, lo conoces?-  Interlocutor equis -¿Quién? ¿el Ulises?- Aguamala teen  -Sí, el de lentes... a ver, tráemelo-  Y fue.
Pero sé que lo llamé, que lo miré, porque él ya me estaba mirando como me mira ahora. Universitaria doncella en mezclilla y gaza con vaso de agualoca, flotaba sobre lo que había y su mirada me hizo girar;  eso fue lo que me enganchó, que él también parecía enganchado. Me lo llevaron.

Ante mí sus ojos de indio triste, como le dice su madre, absortos y nerviosos detrás de sus profundísimos lentes. Hoy es el hombre del lente. Del ojo. Siempre ha tenido esa forma de verme, a veces lo he sorprendido como depravado mirándome mientras duermo. Esa labia con transparente poética de tlatelolca, tan efectiva con las extranjeras y conmigo, Ulises me hizo lo que alguien le hizo a  Gween Stefani cuando se pregunta Why does the good girls always like the bad boys? El tan Tepito y yo tan Perisur. No tuvo mi teléfono pero me encontró el lunes siguiente en el patio de Psicología, acechando cual mosco, como después dijo en un poema en el que se enternecía por mi fe.

Compartíamos ciertos parámetros del interiorismo. En la primera cita me sorprendió que conociera a Valéry, porque casi nadie conoce a Valéry y menos para que te lo citen con la primera cerveza cuando tienes 18 o 19.  –Fuck, este sí lee- pensé.  Pero no sólo leía sino que conocía mis palabras clave y la vida y la Aguamala saben cuánto nos importan las palabras: El Cementerio Marino abrió paso a la metáfora que el Ulises moderno sería en mi vida y en mis letras.
Él lo cambió todo, los indicadores y criterios del amor, los síntomas del amor, la barroca gramática del sexo, los finales del amor. Doce años nos hemos pisado los talones de Aquiles en todas las configuraciones posmo y acaso imposibles y acaso así: planteadas desde lo post que es ya la imposibilidad de la vida aprendida, durante cuatro temporadas que yo pensaba eran tres. Ulises cambió también la dimensión de las caídas en el amor. Bienvenida a  la tercera cuerda de la vida. Love hurts. Love learns. (Canción de drama ochentero). En la primera cerveza que bebimos juntos Ulises dijo que el mar siempre está empezando...
Siempre me han gustado las personas con buen ojo y me vi haciendo añicos al único chico decente y cuidadoso que conocí en un largo rato, el Rodri, otro cineasta en el futuro, quien pudo perdonarme y ahora somos amigos. Cuando conocí a Ulises venía de comportarme como la quarterback ligadora y prepotente de la escuela, me sentía por fin cómoda en un espacio como Ciudad Universitaria y andaba muy  seguido de cacería con mis amigas en un edulcorado y liviano malestar de la cultura. Quería verme a mi misma como una buena cazadora de problemas y me había hecho de un área de expertise: tenían que ser guapos, con un auto lindo, del sur, que me resultaran simpáticos y que les gustara el rockcito que me gustaba a mí;  cosas muy simples para entablar romances simples, relaciones superfluas y poco duraderas, me gustas y luego ya no, consumo de cuerpos, they just checked my cheklist. Tampoco se entienda que buscaba que aspiraran a  “un futuro” o que buscara marido, como otras chicas del colegio.  A esa edad yo ya sabía que quería dedicar la vida a servir en una universidad (no sabía cuál)  y sospechaba que me iba a gustar mucho la fiesta, era como una porrista a la que le gustaba la poesía. Dieciocho, veintiocho...whatever!

Después de Rodri llegó a la Ciudad de México la belleza aria del primer Daniel. Proeza su belleza y proeza que viniera a vivir al DF por mis huesos. Aguamala ya ha nadado en esa historia, sólo hay que decir que después de varios años de insistir con un  amor adolescente y a distancia (el tiempo teenager pasa más lento), cuando lo tuve dejé de  quererlo y sus hermosos ojos azules dejaron de tener sentido cuando estaba huyendo de la policía con Ulises,  muertos de la risa.
 Allegory of Charity, (detalle) Francisco Zubairán
Después de Ulises solo pude fijarme en personas que parecían entender la poesía de la vida, aunque no la entendieran, aunque no la entendiera yo misma. La poesía que se dice a sí misma se volvió un criterio para la vida: un extraño gatillo.  Con él tuve una explosión tras otra y me abrí sinceramente porque me gustaba intimidarle. Le mostré mis textos y mis jardines del sur, los interiores de mi alma y una fuerte añoranza por la sagrada sencillez ¿Qué estaba viendo cuando vi a Ulises? ¿Qué certeza predecía o me imaginaba?
 
Nos conocimos y nos amamos y él se estuvo y me estuvo mintiendo todo el tiempo. Así fue como la porrista a la que le gustaba la poesía conoció, por primera vez, el rumiante sentimiento del rencor. “Estaba tratando de salir de otra relación”; una todavía más teen que la nuestra. Yo no podía o no quería entender cómo hacía para  gastar tanto tiempo, dinero y esfuerzo en mí. Me encerré en angustia, me llené de celos y  descubrí que podía llegar a ser muy patética. Nada de quaterback prepotente y ligador, nada de eso; mi libido estuvo pegada a viscosas fantasías de venganza y decidí que no lo vería ni dejaría que me viera hasta que hubieran desaparecido: la estética de la tristeza sería solo para mí. 

Me vi orillada a torturar un oso de peluche; lo puse de cabeza frente a un calendario y  le di una fecha de caducidad a mi pena. I think I’m turning japanese. Desde el segundo piso, lo veía esperarme a la salida de mis clases de  francés y aguardaba ahí  hasta que se marchara de la puerta del CELE sin poder verme. Cambié mi teléfono y mis clases, les dije a mis padres y a mis conocidos que no quería saber nada, que no le dieran información mía. Estaba cansada de que me pidiera disculpas o que me dijera que yo era mejor. Me safé de un triángulo amoroso adolescente, de egos desbordados, de egos angustiados que dejó de ser cosa de él para volverse una cosa de nosotras, transformarse en una absurda y subrepticia competencia en la que él me puso por  andar de “todasmías”, aunque el monstruo creado y aceptado era mío de pies a cabeza. Los químicos del sexo, del bienestar y los de las drogas no son los únicos químicos a los que nos habituamos, también el cuerpo genera sus droguitas cuando nos hacemos adictos a la angustia,  los celos o la tristeza. Nos asesiné. Supe exactamente el momento en que decidí cortar con todo.  Recién salió de la casa de mis padres una caja con mis letras viejas en la que  también dormía su poesía; Ulises me veía como una flor y como un escape y como un golpe de suerte.

Tiempo después supe que enfermó. Lo operaron, perdió por un tiempo la voz y con ella su labia tlatelolca y su poesía, mi enredadera.
Desaparecí de la faz de sus tierras porque antes, no hace tanto, se podía. Los amigos no estaban en redes y éramos todos peces sueltos. Se ha vuelto más difícil esfumarse.  Sin embargo, y a pesar de la red, a estas alturas de la vida desaparecer ya me sale perfecto. Si alguien me rompe yo no le voy a hacer un teatrito. Si alguien me rompe sólo me es ejecutable el acto de la desaparición: usted simple y sencillamente puede pasar a recoger su constancia de participación en Aguamala.

El desapego es un arte del dolor, un ricito de filigrana que le haces a todo lo que duele, como si fuera mármol o barro o acuarela o harina. El dolor es la materia prima de la potencia de la vida con sus alegrías y sus olas. Pero ya hablamos de eso cuando se colapsó el mundo.
Él tan de la Épica, tan tempestad. Llegó Ulises con sus monstruos y sus brujas y  sus héroes y poetas. A él se le ha cumplido eso que dice Jodorowsky de que el nombre es como un mantra. A Ulises todo le acontece en Odisea: los horarios y las fechas, el amor y el cine; también la adolescencia tardía en la que nos conocimos y que se le notaba mucho más a él que a mí. Aunque tal vez siempre adolezca de algo, yo soy toda discreción. Encontré la sencillez añorada y un remanso de historias que no estuvieron en él ni con ningún otro hombre sino bien guardadas ahí debajo de mi escote. Con Ulises exploté y me desaparecí. Es lo que hago cuando se marchan las olas o los hombres de mi vida, con lo que amo y me transforma. Bienvenida la muerte de conciencia que es la muerte de todos los amantes. Me rompo, desaparezco, muero porque no se puede hacer otra cosa y mantener cierta elegancia.

Su exnovia es una estrella de las redes. Yo siempre me he parecido mucho a  todos los nombres y a una pira de fuego. Soy como todos los cuerpos, un ecosistema, un planeta de sangre. En mi cara sonríe una mujer de mil razas. La gente dice que me parezco mucho a la selva y yo, como todos, soy una red de estrellas, como todos los cuerpos que nacen y se mueren explotando de conciencia, que es lo único que está. Lazos de constelaciones soy.
El dolor se aproxima como las olas voraces de los océanos japoneses. Es inminente y mata de miedo hasta que uno decide soltarse y ahogarse y morir. El  magma, el fuego, que es el fondo de todos nosotros, que es el fondo de toda ola, amenaza, sucede, cede, y de la costilla de ese dolor nos acontecen nuevos ríos, brotan risas manantiales, nuevos sistemas montañosos, la piel de largos y tibios pastizales inaugura nuevas danzas y se abren en la carne claros valles para que brote la vida y la escritura. Cañadas de aves interiores, cavernas de agua tibia, tigres dientes de sable, flores, sangrantes corazones abren amplias e impasibles calmas para que nos devoren olas nuevas.



Patrik Mogilni de Berlinart parasites
Pero no cualquiera se le enfrenta a la ola. No es cool enfrentarse a la ola. Es más fácil inventarte un cuento de hadas fraudulentas y torturar a tu osito de peluche sin límite de tiempo. Mi amiga  Baby Princess que es tan hermosa lo hizo. La otra noche, la encontré en una fiesta y me di cuenta cómo le había sucedido, esa belleza brutal resultado de hacerse añicos e ir de besos litorales a espejos literales: la vi tan llena de ríos, tan cubierta de flores.

El Universo es una red de conciencia que se piensa a sí misma. Un fractal infinito de conciencia. Todo es  esto. Una red por cuyos circuitos o caminos o vías, transcurren el tiempo y el espacio, y es con tiempo y espacio como persiste y se da forma a sí misma. Los bordes de sus circuitos o vías o caminos están hechos de agua, de aire, de polvos y de fuegos y estos elementos separados o juntos, en todas las formas en las que podrían estar juntos, están siendo aquí y ahora en una orgía total de infinitud y de posibilidad. Toda la belleza y la crueldad de lo posible. Derroche de todas las formas: es esa su respiración. Todo es esto, todos somos esto, y es absolutamente abrumador y es absolutamente hermoso. Ante tal descubrimiento, ante tal visión y su luz y su vértigo, otros hombres y yo pronunciamos el nombre Dios, enorme abismo de luz esencial.  Se parece mucho a la poesía y la poesía se parece mucho al Universo. Prana.
Metatron's Cube, Platonic Solids/Sacred Geometry

 Segunda Temporada, 2010.
El planeta nouveau.
                                                                                                                                                  Your body is a battleground
                                                                                                                                                          Barbara Kruger/Delain

Cuando regresé de Barcelona volví a ver a Ulises y ahora que lo pienso, algo de Barcelona tenemos ambos. Pasaron muchos años y en Cataluña me volví al queer. Nos volvimos todos, me parece. Olmo también. Your body is a battleground, quería tatuarme. Mi cabeza iba y venía en el columpio de la teoría, análisis del discurso, una impronta sudamericana y esa soberbia de la destrucción que algunos tenemos al final de los veintes. (Es que vemos muchas películas). Vivíamos persiguiendo cierta estética. Nuestra adicción total a la relatividad, a un paso de volvernos promiscuos por afinidad teórica.
Nos vimos en el piso de Jalapa y Obregón y bueno...me enamoré del barrio, del edificio, del apartamento y de la posibilidad de un escape. Del hombre no me enamoré, siete años después, sólo le reconocí. No iba con esa intención pero sabía que si me encontraba con él, cabía la posibilidad de estarle pisando tres pies al gato. Es algo con el cerebro reptiliano, su maldito olor, cuestión de neurotransmisores y que soy una pinche necia. Él me contactó y como esa onda entre la curiosidad y los gatos tiene algo de cierto, fui. 


                                     The Season: Summer by Alphonse Mucha

Bastó un encuentro para comenzar a diseñarnos el planeta del escape: me resulta tan importante su nombre, Ulises, qué bellas tardes, la luz ámbar de nuestra intimidad mitológica. De la Ciudad, de esta, siempre hemos estado enamorados. Una vez hicimos el amor sobre una piedra volcánica mirando al cielo. En la segunda temporada, ya nos parecíamos a las personas que somos ahora, no estábamos descubriendo qué nos gustaba. En  1921 se hizo el edificio Francia, con sus techos altos, con esa ventana, (mi ventana!!!) con la geométrica mantis de recuerdo de otra ex en el muro, los pacientes ángeles de la escayola, viendo salir una amante tras otra.
Yo ya había empezado a lidiar con las prácticas postfordistas de la academia. Cuando aterricé de la maestría tenía tal vez 26 años y  avanzaba no sin tropezar con mis propias desilusiones laborales. Me había independizado de mis padres hacía mucho tiempo y ya me nombraba feminista. Él ya sostenía a su madre. Traté, junto con mis socias, de construir un espacio para relacionarme de manera más justa con el trabajo, fue un verdadero laboratorio social y afectivo y cultural. Tenía un nombre recalcitrantemente discursivo que en maya significa “lo que se hace con las palabras”. Abrimos una cooperativa que era nuestra empresa y pervivía aún el momentum de creatividad que Olmo y yo tuvimos juntos. Me había dejado ir tan hondo en él, en Europa y en mí, que el  frame ñero de Ulises ya no me impresionaba; me impresionaba y atraía su generosidad y su autenticidad, me gustaba y me gusta que se mantenga en la lucha de mirarse, pero ya no era el barrio ni el mood Romero y Julieta; teníamos en cambio muchas cosas por darnos uno al otro. Volábamos al cine y al museo,  estaba contenta de estar en la ciudad que es mi casa. Él ya divisaba el cine y yo le hice letras muy definitivas. Que estábamos en un abismo, que esta boca es suya.

                             Your body is a battleground/Barabara Kruger

Ese año, la noche apretada entre Aries y Tauro, entre Venus y Marte, la noche del 20 de abril, brotó de la costilla de una chica, justo el día de su cumpleaños,  la Aguamala o Medusa que es una ninfa y que es una furia. Una criatura viscosa y transparente que salió de algún lugar de su caja torácica, para alimentarse de ella y darle el hambre, pues las cosas son así para el uróboros pop de la que vive y la que escribe. Este es el trato.
 Uróboros, Alquimia (y la lógica de Aguamala)
Calipso, otra isla.

Pasaron los meses y con la Bruja puse la casa de Tokio, tal vez estuve poco más de un año flotando en la energía art nouveau que decidimos darnos. Esta vez no hubo muchas explosiones, sino la armonía contundente de la  potencia. Un fluir de la ciudad. Una cadencia floral y secreta que me gusta llevar de casa en casa y a donde me gusta invitar a mis amigas y a mis amantes para jugar al Montessori. Estuvimos siempre bien provistos de poesía porque eso es lo que más me gusta de él y es lo que más me gusta de la vida. Ahí también empezaron mis problemas con las tinas: me encanta sumergirme.

Yo no quería escribir de Ítaca, un buen porcentaje de las aguamalas que se pegan a las piernas cuando se nada en esto son para Ulises (y son una basura todas). En alguna de ellas encarno a una Penélope indispuesta, porque el tejido que deshago por las noches es el propio, también llegó a divertirme la posibilidad de ser Calipso, la que por una condena familiar es maldecida para tener entre sus brazos, solamente, un héroe (por decirle de una forma al hombre que padece y vuelve) cada milenio y en una de esas extrañas y sagradas ocasiones Calipso se enamora, enamora y hechiza a Ulises, prometiéndole vida y juventud eternas y a quien los fatales dioses griegos obligan, pese a todo  a ser abandonada para continuar la travesía y volver a su mujer y a su isla. Sin embargo, si en su historia fuera yo Calipso, en mi historia siempre he sido Homero y la idea de Ulises, si bien me fascina, no me ata pues la narro, yo la escribo. No había fechas, ni horarios, ni familias, ni aniversarios. Hubo muchísimas letras y muchísimo cine y yo me dejé llevar en mi libertad con él y con otras dos libertades. El Ulises urbano, antes de la estrella de las redes, muchas mujeres antes, se enamoró de una turista de la vida, de las que quieren poquito y práctico, una que era tan nimia como mi exnovio,  uno que nunca me pudo leer bien y de corridito.
En la segunda temporada Ulises no me rompió ni lo rompí yo de vuelta, ninguno se puso adolescente. Yo me intenté queer y él se puso muy amigo del imperio, así que aceptamos ambos las consecuencias y una vez más nos rompimos en ellas como toro, torero y ruedo ¿usted, cómo se rompe?

Entonces no “tuve” que desaparecer, no tenía ninguna justificación afectiva para hacerlo, era cuestión de  aceptar la vuelta de tuerca que implicaba ser libres y sin nombre, de ponernos relativos y sentirnos muy loquillos y modernos... pisarle tres pies al gato. Ponerse en tela de juicio que para eso estamos. En ese entonces lo entendía todo mal y sé que lastimé a gente muy querida porque love hurts y porque el ego. No por la libertad, ni el feminismo, ni la impronta queer de Barcelona.
Hice o hicimos todos, Olmo también, un esfuerzo por fluir con cordialidad y buscar la libertad por valentía, no puedo decir que intentara nada más, no es tan sencillo salirse de todo y comenzar a ser abierto y poli-bien-intencionado. Tampoco había meditado, ni tenía tan de cerca una referencia clara de mi propia conciencia. El feminismo, el mío y el de ninguna otra, ya me ha dado varias revolcadas y me pienso morir viejita y feliz en ese intento. Para mí el feminismo es un refugio del  corazón y es a la vez una lucha, una pregunta, como la cumbre y su despeñadero es el afán del montañista. El cuestionamiento político sobre el género, a mi parecer ha sido todo un camino, no una forma afectiva de proceder, sino una forma afectiva de mirarse, no una postura política introyectada ya sin dudas, sino una duda constante sobre nuestras relaciones más próximas, tan próximas como el juicio o el cuerpo: los cuerpos. No una militancia conquistada, no, tan sólo una vía más para crear la libertad y la dicha de la justicia que es lo que queremos todos. (Vale, no todos). En esa época de mi vida, la vuelta de Barcelona, no desaparecí de Ulises, pero me fui a otra cosa y borré las huellas.

(Hubo de tres a cuatro temporadas, hay un debate y es difícil de saber. Hace dos años ya sabíamos algunas cosas pero no sabíamos renacer.  Sé que nos volvimos verdaderos amigos en ese tiempo).

Tercera temporada 2012-2015.
Calma o tormenta.
Épica: Adj. (epikos); de (epos), "palabra, historia, poema".

En la tercera vuelta Ulises llegó con su barca flotando en eso que los españoles y antes que todos los españoles, los marineros españoles, llamaban la calma chicha. Esa quietud del océano sin olas o sin ninguna ola notable que se prolonga durante horas, durante días o semanas sin que acontezca una brisa amiga, ningún viento solidario, sin el aliento que se da a si mismo el movimiento del mundo. Se trata de la navegación pesada y lenta de las embarcaciones  mientras el cruel horizonte devana los sesos a la tripulación y el sol las abrasa, quema y arrebata la esperanza que nos dan las islas, aún tan lejanas. Lejanas dos veces porque están después de la tormenta. La palabra calma viene de una palabra griega, o sea una palabra que usaron otros marineros aún más antiguos para nombrar al calor, no ese calor agradable y llevadero como el que riega nuestra ciudad en marzo o en octubre, como la tibia miel que se procuran los amantes, sino ese calor que es veneno punzante y envolvente y que azota a los marinos como aguijones totales,  lanzados por el astro que nos da  los días y que se ensaña cuando nuestras naves sortean puras olas bajas; cuando no podemos movemos con la respiración del mundo.
 
 
Ulises vino a mí en Tokio, después de esa calma y sin haber sorteado la tormenta. Vino sediento y vino náufrago y loco y un poco desesperado y desesperanzado de la turista. Nos pusimos a hablar sobre el vértigo y nos contamos nuestras épicas porque somos amigos. No abundo en las mías porque ya se conocen; dice Rilke que es importante mantenerse solo y atento cuando se está triste, pero no lo sabía.
Para mí, en 2012 sí aconteció el fin de mi mundo y soy el resultado de una profecía chilanga autocumplida. Algunos meses adelante, ya instalados en nuestras “soledades” (amantes random) me sucedió un año de fiestas y de montaña rusa emocional y laboral y hasta política de la que ya se ha escrito en esta colección de carencias que es Aguamala o medusa; cambié de playa y con él sólo me encontraba de vez en cuando en alguna bañera del mundo.

Al paso de los meses, que cuando se ponen juntos sanan, Ulises, más estable, me llevó dos veces a dos restaurantes japoneses y me dijo sobre el abismo y que su boca era mía y que viviríamos en el paraíso nouveau con chelos y  ginebra, con encajes y con letras. Me habló sobre  Ítaca en una casa mexicana y a mí todo eso me dio una risita nerviosa ¡Me acababa de bajar de la montaña rusa!  Teníamos una idea muy similar del interiorismo en nuestras vidas y  sabía que verlo era buscarle tres pies al gato. Pero no, esa vez no me convenció de nada, no lo  reconocí como propio, (o sea como un vicio propio). Me dediqué a plantear la posibilidad de montarnos otro ambiguo escape y ahora fui yo quién terminó por encarnar el espacio bello y cruel de lo posible. Otras costas despertaban la  curiosidad de mi gato interno y dos veces en dos restaurantes japoneses,  le dije que tal vez y luego que no. La segunda le dije que me había enamorado de un turista, que quería un amor fresco y fácil y lo tuve. Ulises volvió un poco derrotado aunque más tranquilo a sus ventanas altas y a la escayola labrada de ángeles de la entrada de su casa; yo me  fui a intentar otra cosa. Me hice de una playa que compartí con un turista de la vida, de los que quieren poquito y práctico, un turista tan nimio como su exnovia de la segunda temporada, la que nunca lo supo leer bien y de corridito.
Así que tuvimos que aprender a renacer y fuimos a la guerra. Otra vez la guerra, otra vez la ola, la tormenta, que por más víctimas que nos pongamos, por más que lo alarguemos en pretextos, siempre es una tormenta de nosotros mismos.

Él terminó por enfrentarse a PolifemX, el cíclope (sólo así nos explicamos una mirada tan estrecha), probablemente el  monstruo más grotesco de toda su odisea, ser de monstruosa ceguera producida por la herida de Odiseo sobre su único ojo y sobre su ego de gigante. Polifemx, con su atrofiado ojo, mostró a Ulises el espejo más apocado y  vergonzoso del que ya había sido un largo viaje: el herido vástago de Poseidón, acabó por invocar para Ulises la maldición patriarcal por todos los océanos tratando de apresarle o destruirlo, que es lo mismo, en sus olas sociales. Monstruo y mostrar tienen la misma raíz etimológica y todas las lecciones se agradecen. Hasta esta.

                                           Shamo, manga, The foolish brothers.

El turista regresó a la playa de su madre y me dijo por los escasos medios que tenía, como señales de humo, que no me podía, ni me quería y yo se lo agradezco. Me quebré. Me rompí tres veces porque le tengo mucha fe a mis creencias amorosas (pinche necia) y al final me quedé pensando que en realidad sí me gustaba el paisaje que ya había construido. Que estaba llena de tardes y de agua potable, que siempre tendría disponibles caricias de playa y grandes amores, así que fui a sentir el dolor que se abrió en el noreste del mundo y a entender esas cosas budistas que están por todas partes. Acudí por respuestas a una secta de coahing en las madrugadas, fui al café, a los ángeles, a mis hermosas amigas. Ya trabajaba en el trabajo al que sirvo devotamente y podía sostener mis delicados vicios con todo el lujo de mi precariedad. Doce años después, sirvo en la Universidad, me gusta mucho la fiesta y no tengo marido.
Font du Surf, Mazzacio Drowilal
Como dice Aguilar Camín, escapar de lo difícil es el camino a la indolencia, he ahí la tormenta. Los turistas no quieren ninguna dificultad en sus vidas. Yo ya no me siento tan relativa ni en ánimos de experimentos afectivos, quiero lo mejor aunque sea difícil y deba atravesar la soledad y el dolor.

Fui a ponerme contenta por el sol en mi pecho y por la estrella boreal de la escritura. Me fui a pensar en qué clase de amor quería merecer y a buscar para mí las  palabras clave.  Dejar de disculpar a mis amantes por no amarme ni a mí ni a la vida. Dejar morir mi hermosa isla y agradecerle la última y dura sacudida.
Esas batallas, la de él y la mía, dejaron una imbatible sensación de... exacto hasta el colmo, definitivo al hartazgo, brillante y elocuentísimo: chale. Pero todas, todas, todas las lecciones se agradecen, hasta estas. Las tormentas y sus olas sobrevienen para poder amar mejor.

Todo es uno

 Cuarta temporada, 2015.
La ruta de la seda y Primavera.


“Sex must be mixed with tears, laughter, words, promises, scenes, jealousy, envy, all the spices of fear, foreign travel, new faces, novels, stories, dreams, fantasies, music, dancing, opium, wine.”
Anaïs Nin, Diaries
Así entré al dolor y como lo único que puedo darle son palabras, le dí al Universo tres palabras clave: valentía, generosidad y risa. Y el Universo, que es una red que se piensa en todas las formas, por ejemplo, a través  de las campanas o de los soles o de la seda y se parece mucho a la poesía,  me trajo a Ulises.
 
Cuando apareció en escena en la cuarta temporada, teníamos muchas más certezas y bastantes más agallas. Ulises, mi amor ñero, compulso y compulsivo, Ulises el tlatelolca, el sonorense, llega con su barca después de la tormenta, con sus poetas y sus héroes, con sus naves y sus brujas, Ulises con las graves sirenas que hemos  degollado y cuyos cabellos gruesos nos atan al mástil del aprendizaje, a esta  barca y a su movimiento sobre  las olas de la vida. A la libertad es a lo único a lo que debemos atarnos. Yo no soy Penélope, yo soy la isla.

Doce años después del día en que se puso frente a mí en la fiesta  de mi Ciudad Universitaria, como si nos lo hubiera dicho un Homero posmoderno, el día en que en los ojos del otro vislumbramos Ítaca, lo supimos todo.
Ulises y yo tenemos una idea muy similar del interiorismo en nuestras vidas, eso nos mantiene acaramelados y calientes, con un calor distinto al del sol punzante del anquilosamiento o de las llamas vivas, es el calor dulce y envolvente de lo que se cocina a fuego lento, del conocimiento mutuo que es un ámbar delicioso, que se mueve con las olas y acontece ante su propio movimiento.

Después de esos doce años, decidimos mudarnos del escape a la vida y lidiar con horarios, fechas, familias y aniversarios, con la vida postprecaria de vivir de lo que amamos para adorar y cuidar a nuestra isla, superar las olas de su neurosis y la mía, o de los vicios y los egos que son cosas parecidas. Abandonar la relatividad y reconocer las certezas y el afán del marino y del poeta, que son oficios similares porque ambos persiguen criaturas elusivas.  El amante se parece al marino y al poeta. Él ha llegado al cine ¿Qué diablos será el cine?

La cuarta temporada es una barca susceptible al impulso adolescente, está diseñada a imagen y semejanza del planeta nouveau y está al tanto de que lidiará con crueles calmas y feroces tormentas. Tal vez vaya a ser lo más difícil del mundo, pero quien renuncia a lo difícil está condenado a la indolencia; la meta es alta, la tripulación está decidida a fundar varios ecosistemas que se parezcan a la selva.

El 21 de marzo, a la vuelta de Perséfone o la Primavera, Ulises me llevó a un restaurante japonés y le dije que sí, que esta vez sí y desde ese día o unos antes, nos hemos embarcado en la ruta de la seda. La belleza de tantos días se ha desdoblado en todos sus fractales. Nunca nada fue tan nuevo. Me siento tan llena de ríos,  cubierta de flores.

                         Aguamala o medusa
                 Cecilia Paredes en berlin-artparasites.

Sean razonables y denle play al melancólico genio de Son Lux: